Hay algo que es muy cierto en todo lo que ha pasado últimamente, y es que ya la gente no se dedica a vivir ni dejan vivir. Cuánto desearía que todos tuvieran aún, si es que ya no existe, el valor de la sinceridad. Es más fácil encontrar gente mentirosa e hipócrita, que a personas con lealtad. Irónico. Ahora cuando, se supone, la gente tiene más "contacto" entre sí.
Si hay algo que aportar, y darle el lado bueno de la tortilla, es la gente con la experiencia y la madurez, dada por los años. Dios, ¿qué haría sin mi abuela? Se que no seré el único que se lo cuestiona. Y no sólo por el extraordinario consejo que me dio el sábado pasado (que no fue nada distinto a lo que otras personas me han dicho, pero viniendo de ella y lo que me dijo, me dejó conmocionado), si no, por el hecho de que ella, sin saber absolutamente NADA más que lo que llegó a ver, interpretó y acertó justo en el blanco. Y así como le debo ese consejo, la admiro por su fortaleza y su tesón, por su derroche enorme de cariño hacia todos y por esa inconfundible sensación al salir de su casa: panza llena, corazón contento, una anciana feliz de ver como sus hijos y los hijos de sus hijos crecen y se desenvuelven. Ella se llena de orgullo y yo me doy por el pecho de tener a tan extraordinaria señora de abuela. Dios te bendiga.
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