Usando nada más que su astucia, y su aparente virtud de conversador,
caminando en medio de la multitud, deseando no ser visto,
y sin embargo, pese a su mezcla entre gris y mimetismo,
ella lo vió con su corazón.
Apartados de la multitud, en un día soleado de marzo,
él va con una sola meta: lograrlo.
Ella, que pasó toda la mañana buscando la combinación correcta,
estaba dispuesta a escucharlo. Nada más.
Y como usualmente sucede, las conversaciones triviales funcionaron de entremeses,
aunque era mera formalidad, pues el hielo se había ido muchas lunas llenas atrás.
Él deseaba entrar en tema. Ella deseaba dejar de hablar.
Aquella tarde, aquel momento, era una guerra sin sangre de ademanes y risas.
Por fin, ese silencio entre incómodo y esperado, se materializó en el aire.
Tomó la iniciativa y empezó su recital de ideas, algunas locas, otras con sentido.
Ella quería, más no debía opinar. Y sus manos eran testigos de su conflicto.
La suave brisa que corría, dejó a la vista su perfilado rostro. Él lo notó.
Tras un cuarto de hora, ella no lo soportó más. Inhaló fuerte esa brisa. Buscaba valor.
Él, con la lengua seca, quería evitar a toda costa caer en redundancias. Al menos lo logró.
Pero al recordar la belleza oculta que ella poseía, cayó en su hechizo. Se abalanzó hacia ella.
De nuevo, las cosas inesperadas de la vida le daban una lección a ella.
Recordó todo lo que él llegó a ser en su vida.
Recordó todo lo que él le juró dar.
Explotó, pero de alegría. Le devolvió su discurso en besos.
Caminaron sin dirección, siempre al frente, siempre tomados de la mano.
caminando en medio de la multitud, deseando no ser visto,
y sin embargo, pese a su mezcla entre gris y mimetismo,
ella lo vió con su corazón.
Apartados de la multitud, en un día soleado de marzo,
él va con una sola meta: lograrlo.
Ella, que pasó toda la mañana buscando la combinación correcta,
estaba dispuesta a escucharlo. Nada más.
Y como usualmente sucede, las conversaciones triviales funcionaron de entremeses,
aunque era mera formalidad, pues el hielo se había ido muchas lunas llenas atrás.
Él deseaba entrar en tema. Ella deseaba dejar de hablar.
Aquella tarde, aquel momento, era una guerra sin sangre de ademanes y risas.
Por fin, ese silencio entre incómodo y esperado, se materializó en el aire.
Tomó la iniciativa y empezó su recital de ideas, algunas locas, otras con sentido.
Ella quería, más no debía opinar. Y sus manos eran testigos de su conflicto.
La suave brisa que corría, dejó a la vista su perfilado rostro. Él lo notó.
Tras un cuarto de hora, ella no lo soportó más. Inhaló fuerte esa brisa. Buscaba valor.
Él, con la lengua seca, quería evitar a toda costa caer en redundancias. Al menos lo logró.
Pero al recordar la belleza oculta que ella poseía, cayó en su hechizo. Se abalanzó hacia ella.
De nuevo, las cosas inesperadas de la vida le daban una lección a ella.
Recordó todo lo que él llegó a ser en su vida.
Recordó todo lo que él le juró dar.
Explotó, pero de alegría. Le devolvió su discurso en besos.
Caminaron sin dirección, siempre al frente, siempre tomados de la mano.
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